EL MIRADOR

Relatos de invernadero

Gerardo de Lima
Última Actualización Miércoles, 02 de Marzo de 2011. 18:55h.

A Josiño, que supo escuchar este pasado, y convertirlo así en relato. 

A mi abuela, que nunca será recuerdo; porque está en todos mis presentes.

Subía la pequeña rampa de hormigón cada mañana. Toc, toc, toc… Su bastón de madera comenzaba a escucharse desde unos treinta metros, cuando dirigía sus pasos desde la casa pequeña hasta nuestro portal elevado, y formaba parte de la magia en las mañanas de enero.


Al escucharlo, comenzábamos a vestirnos rápidamente porque en cosa de quince minutos ya estaría en nuestra ventana para darnos el beso de cada “buenos días”.

Mi abuela acompañó nuestra infancia con paciencia; conoció nuestras primeras travesuras, encubrió los atrevidos errores de la esbozada juventud que asomaba y supo -no sé de qué manera- estar presente en un tiempo que no creí que pudiese compartir; por el peso de los años, por su ligero cuerpo o porque, tal vez, no comprendería… Pero me equivocaba, ella siempre comprendió.

Su sonrisa iluminaba las tardes de eucaliptos y las brisas de otoño cuando el tiempo pasaba sin permiso por nuestros diez años.

El cabello blanco creaba un turbante mullido que rodeaba su cara llenita de arrugas, pequeñísimas marcas de tiempo barnizadas de muchos soles, regadas por infinitas lluvias porque, desde muy niña, el campo le hipotecó su vida y más tarde le rindió y dedicó todo su amor. Porque ella todo lo hacía con amor.

Muchas primaveras la acompañé en su jardín; removíamos la tierra, quitábamos hierbas dañinas y, mientras mis amigos me reclamaban, yo -sin saber por qué- me creaba un espacio para descubrirla, para conocer cuál sería el secreto que la mantenía tan feliz y tan viva a los noventa y siete años. A mí me parecía algo demasiado bueno para no conocerlo mejor.

Con ella aprendí el amor con el que trataba a sus plantas y la respuesta que ofrecían los rosales en sus manos.

Con ella supe que el reloj se podía detener en un almácigo de lechugas de doce metros cuadrados de dedicación y entrega.

Con ella aprendí que las dalias sienten, escuchan; y que no solo el agua les da vida y que no solo el sol les concede permanencia.

Con ella aprendí que -a veces- vale la pena ir más lento, porque nos permite digerir con mayor intensidad lo que nos toca vivir y quizás -muchas veces- descubrir cosas que, de otra forma, no podríamos.

Con ella aprendí que la ternura es imprescindible para ser fuerte y que la humildad acerca corazones. Su aparente fragilidad escondía a una invencible guerrera.

Una tarde plateada de otoño, cruzando el jardín con decisión, me miró con sus pequeños y profundos ojos grises y me dijo: “¡Quiero aprender a leer y a escribir!”.

Siempre le gustó que le leyeran todo tipo de cosas, todo le interesaba; pero en secreto soñaba en que, algún día, pudiese leerlas ella misma.

En menos de un año, mi abuela sabía leer y comenzaba a descubrir el mundo que se le había negado durante más de noventa años. Nunca olvidaré la felicidad de sus ojos, su sonrisa y el poder que sentía en sus manos cuando dibujó -como un niño- sus primeras letras.

Acompañé sus pasos detrás del bastón, y en su habitación guardaba -desde siempre- dos o tres novelas campestres y una vieja biblia protestante que me enseñó como un tesoro. “¡Ahora sí podré hacerlo sola!”, dijo.

Empezamos a leer juntos, practicamos; le explicaba algún verbo desconocido para ella y comentaba con entusiasmo e inocencia cada párrafo, cada espacio de vida que los libros contenían. El mundo se convirtió para ella en un territorio diferente, en un lugar infinito por el cual viajar desde su imaginación; y en el pequeño huerto, cuando instalaba su silla bajo el cálido manto del sol de septiembre, mi abuela era el ser más feliz que jamás conocí.

Aún recuerdo cuando escribió su primera carta, dirigida a su hija -que ya no saldría del hospital-; la garabateó con esmero, con esfuerzo y con orgullo. Su mirada irradiaba una satisfacción que no sabría describir; por la imposibilidad de trasladarse a verla en persona, decirle lo que deseaba de su puño y letra, fue para ella como acariciarla, como besar su frente y despedirse; como fundir en un trocito de papel aquel amor de madre atrapado transitoriamente en un cuerpo fatigado y amante.

Cuando una mañana mi madre nos dejó para siempre, agotada por el dolor y largos años de lucha y enfermedad, yo sospeché que no podría resistirlo; la miré a los ojos durante muchos días esperando, quizás, recibir respuestas que ella no podía darme y que mis quince años no sabrían aceptar.

Con el transcurso de los meses la observé dedicando más y más tiempo a la lectura; creo que buscaba, que diseñaba minuciosamente el final de tantos senderos transitados, para poder descansar sus añejos cansancios.

También ella al cabo de dos años se marchó; pero…. su voz, los golpecitos serenos de su bastón y la perenne ternura de su mirada siguen siendo un sosiego en tantas horas de ruido y tantos momentos de confusión.

Cuando la desilusión, el desaliento y alguna derrota forcejean para irrumpir en mi alma, su figura menuda aparece desde el prado más luminoso de la infancia para mostrarme cuánto aún podemos, cuánto aún… nos queda por hacer.

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2 Comentarios

Teresa Carnero  24.abr.2011 | 15:21
#2

Saber leer es saber escuchar a lo escrito es poder escribir y compartir nuestros pensamientos y experiencias alegrias,penas, poder leer las palabras del senor en la biblia y poder leer las palabras de esta persona con tanto talento que trajo lagrimas a mis ojos.... poder expresarse asi como lo hace este escritor es una maravilla por que las letras se vuelven palabras y las palabras se convierten en historias y las historias traen recuerdos y sabiduria, muchas gracias al escritor por haber compartido algo tan especial y estoy segura que el tanto adoro a su abuela y tan orgulloso de ella es se sentia estoy segura que la abuela se le infla el pecha con orgullo por saber que su nieto la lleva presente en su pensamiento y en su corazon. Que gran ser humano

Santi  07.mar.2011 | 02:30
#1

"Con ella aprendí que la ternura es imprescindible para ser fuerte y que la humildad acerca corazones. Su aparente fragilidad escondía a una invencible guerrera."

"Guarda esto porque es lo único que te voy a dejar"

Lo primero es parte del relato y lo segundo me lo acabas de decir.

Hoy salgo de la sombra para que sepas, aunque no te lo diga nunca, que todo lo que haces tiene sentido para mí, cada comentario, opinión o consejo, son los más válidos y cada gesto el más apreciado.
Hoy quiero que sepas, que como a vos tu mamá, tu abuela, tu país… a mí me vas e dejar la herencia más grande que nadie pueda tener y lo mejor de todo es que es tan importante y me lo enseñaste tan bien, que no tengo que esperar a que no estés para valorarla y disfrutarla.
Gracias por todo lo que todavía me estás enseñando.
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LA COLUMNA DEL LECTOR

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