(A Santi, que desde pequeño sabe dirigir su mirada limpia a los más humildes y sortear los mejores “trapos” para llegar siempre al corazón).
El “viejo Quilache” caminaba despacio, merodeaba las esquinas, rodeaba los baches y las cunetas de agua sucia después de cada lluvia, cuando el invierno moría de a poco, dejando una fauna hedionda, sapos y ranas para jugar, que cazábamos con un palo de escoba y un clavo afilado en la punta.”Renacuajos” que guardábamos en un “bollón”, sólo por querer descifrar secretos que aún no habíamos aprendido. La vida, estallando en cada “buenos días”, la muerte…ignorada, desconocida en nuestros poquísimos ocho años.
Tuvo que pasar mucho tiempo para entender que aquel hombre cubierto de harapos, que nos asustaba a todos un poco, ya no era el ogro ni el “viejo de la bolsa” y se había convertido en un…”bichicome” –adjetivo nuevo- que, a partir de ahí, incluiríamos en las voces de nuestra infancia como una señal de crecimiento, trocando la frescura de los juegos por la inevitable convivencia en comunidad, que ya nos invitaban a ejercer. El premio siempre era una madurez inoportuna y para nada deseada.
Nunca antes nos habíamos mirado de frente y, sintiéndome tan diferente, no creí que esto pudiera ocurrir. Aun así, invocaba cada día un poco de suerte para nunca tener que saldar con él tantas burlas a distancia.
Pero un día, después que el almuerzo nos arrastraba inevitablemente a la siesta, pudimos escapar por la puerta del fondo y en diez minutos nos convertimos de nuevo en seres libres, inconscientes y felices, para recorrer las calles de “pedregullo” y terminar en el campito que hacía las veces de cuartel general y sede para nuestros indescifrables planes de cada tarde.
Un “picado” de cinco contra cinco sirvió de prólogo para que en media hora discutiéramos primero y nos apedreáramos luego por un gol que el “chino” no dio por válido. Defendiendo la posición de mis cuatro amigos provisionales, levanté la cabeza de la trinchera de troncos y arena y lo último que recuerdo fue ver una mancha oscura y rápida que venía hacia mis ojos.
Cuando desperté, lo primero que sentí fue aquel olor inexplicable, nuevo. No supe si era humedad,”grappa” o alcohol de “primus” en la cercanía de una cocina a leña; tal vez fueran todos los olores del mundo juntos. Algo fresco oprimía mi frente y caían por mis sienes pesadas gotas, que más tarde supe era una mezcla de vinagre y agua. Entonces sospeché lo que había ocurrido: mi corazón latía rápido y al pasar mi mano por la cabeza comprobé la brutal pedrada que había recibido desde el otro bando (aún tengo la cicatriz).
Pero…¿dónde estaba? Giré mi cabeza y a poco más de un metro, en medio de una penumbra, ¡me miraba el “viejo Quilache"!
Quise correr y que mi cuerpo saltara de aquél montón de cartones, gritar y que mis brazos se encontraran con los de mi madre, pero no pude mover las piernas porque eran lozas y no conseguí hablar porque un nudo fuerte, que nunca había sentido, apretó mi garganta y no dejó que emitiera sonido alguno.
El “viejo Quilache” sonrió apenas, bajó la vista y recorrió con sus ojos pequeños las grietas del suelo de madera podrida, como si yo no estuviera allí, como volviendo a sus días silenciosos e ignorados para darme tiempo y poder olvidar que me había recogido con su carro, en medio de una gran mancha de sangre.
Al cabo de dos o tres minutos que para mí fueron la eternidad, logré incorporarme y aterrorizado, llegué a la puerta de su cabaña, me di la vuelta y comencé a correr sin mirar atrás, atravesando charcas, separando arbustos, jadeando sin aire, hasta ver por fin el perfil de mi casa, a unas siete cuadras de aquél lugar.
Entré por la misma puerta del fondo y solo recuerdo el sonido de mi respiración, percibí el olor del “agua jane” que mamá volcaba en el piso frío de baldosas grises, escuché a “Los Iracundos”, que aún sonaban en la radio del comedor, y me metí en mi cuarto, protegido, seguro y con la intención irrevocable de ser, en adelante, el niño más bueno del mundo.
Pasaron treinta y seis años después de aquel día y comprendo por qué me siento tan extraño al ver en las calles a un vagabundo…
Por eso hoy, cada vez que doblo una esquina en cualquier ciudad del mundo, mi memoria sigue modelando “viejos Quilaches”, desertores y salvadores, y me quedo con la mirada inmóvil intentando todavía decirle…¡gracias!