EL MIRADOR

Olvidos reales

Gerardo de Lima
Última Actualización Viernes, 07 de Mayo de 2010. 06:32h.

Nunca les pedí nada a los Reyes Magos. Por alguna razón indescifrable, ya intuía que eran pobres o, por lo menos, que su economía era limitada, como la del barrio en el que vivía. Pero a pesar de esto, siempre me animé a presagiar que algo nos dejarían. Después de todo, habíamos sido lo suficientemente buenos y en la inocente escala de travesuras cotidianas ninguna excedía los límites permitidos.


Mi hermano y yo conocíamos a la perfección las preferencias de aquellos seres peculiares que venían quién sabe de dónde y sabíamos valorar el esfuerzo de sus animales para recorrer tantas distancias, tantos hogares a paso lento y cargados, enormemente cargados de felicidad para un mundo repleto de países, de ciudades y de deseos.

Eso sí, nunca supe comprender por qué razón olvidaban a tantos niños de mi barrio y por qué muchos amigos, siendo tan buenos, se quedaban sin regalo.

Tal vez fue por esto que nunca me gustaron demasiado y desde pequeño lo aceptaba y hasta sabía perdonarles. Pero hasta hoy me pregunto por qué.

Así era que cada cinco de enero cortábamos la hierba más tierna, más verde, y dejábamos suficientes montoncitos para alimentar a sus camellos, acercando un recipiente con agua fresca, limpia, para que al llegar sedientos pudieran recuperar fuerzas.

Esta ceremonia se convirtió con los años en un paso imprescindible y responsable para esperarles. Sabíamos con toda certeza lo agradecidos que podrían sentirse al llegar a ese rincón de la casa que tanto nos costaba elegir cada año.

Siempre, y a pesar de los esfuerzos por mantenernos despiertos, el sueño nos vencía ineludible y nunca pudimos verles.

Al otro día, aún medio dormidos, saltábamos de la cama y, descalzos, corríamos para descubrir restos de hierba esparcidos por el salón, el recipiente de agua vacío e intentar descifrar desde qué lado habían entrado en casa; imaginar cada paso de regreso moviendo las sillas de su lugar o rompiendo cada año alguna maceta de las baratas.

En esto consistía la ilusión. Nunca me importó que repitieran regalos porque siempre deseaba lo mismo: “una cinco aros” nueva, reluciente, lisita e inmaculada que olía de aquella manera única. Acariciarla, ver sus colores brillantes, darle con dolor las primeras patadas de camino al campito y, mientras tanto, evocarla rodando una tarde de domingo y el cielo, y la felicidad completa que cabían entre dos porterías.

Salíamos al patio sin desayunar y la pregunta más repetida era: “¿Qué te dejaron los Reyes?”
Por la calle estrecha aparecían bicicletas, patines y triciclos. Por la vereda se mostraban “Parabiagos” y camisetas, “Goleadores” y enteritos, muñecas y una amalgama espontánea de sonrisas incompletas.

Y compartíamos sin saber que lo hacíamos y reíamos sin conocer el precio de cada gesto, de cada alegría o de alguna que otra decepción.

Jamás supimos jugar solos, tal vez por no conocer el laberinto singular de los videojuegos –esas misteriosas maquinitas que entonces no estaban a nuestro alcance-.
¿Cómo podríamos divertirnos solos? Hasta hoy me resulta una verdadera proeza conseguirlo, porque nuestros regalos consistían también en largas escapadas entre eucaliptos, en trepar por los canales del río que serpenteaba hasta llegar al viejo parador; en buenos y nuevos motivos para estar con los amigos, así sin más, por estar; en risas para reír, en sueños para soñar, en alas, en alas para poder volar y sin darnos cuenta ir creciendo.

Así eran nuestros eneros: colectivos, complementarios y solidarios. Quizás también por eso, uno de los días más grises de mi infancia en extinción fue cuando alguien –que me ocupé de olvidar- me reveló la secreta identidad de Sus Majestades.

De pronto dejamos de escribir cartas y de golpe, y a golpes, nos hicimos mayores.

No sé cuándo, no sé en qué día dejé de ser un niño, pero cada seis de enero vienen a mi memoria tardes de verano, noches pintadas de estrellas, olor a hierba recién cortada, caras sucias y una inocencia posible y libre; una que sólo dura un tiempo breve y mágico, un tiempo único e irrepetible.

Ahora sé cuántos son los niños que se quedan sin regalos y me atormenta la misma impotencia de aquellos primeros años.

Con mis hijos fue diferente. Cuando quise contarles la verdad sonrieron con suficiencia y eran buenos, sólo por serlo; y encontraban ya en las calles una sonrisa para compartir y gastaban el corazón de tanto repartirlo –aunque no esperasen reyes- para vivir con fuerza, para poder ser, para no esperar, para saber soñar y exorcizar con indiferencia tantos olvidos reales que todavía hoy me entristecen el alma.
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