(A ellos, de quienes más aprendemos y a quienes más dañamos, los únicos inocentes: los niños) “Para vivir, es necesario morir un poco cada día. Reconocer nuestras miserias nos permite redimirnos y ejercitar algo de honestidad. Lo que no se ejercita es la dignidad: se tiene o no se tiene”.
Ahora ya no hablamos de mamá. Al principio, papá lloraba y se escondía; algo muy raro le dolía mucho, porque se apretaba la garganta y los ojos se le ponían rojos, muy rojos.
No llores papá –le decía- y él me abrazaba fuerte.
Al principio parecía todo como un juego, un juego macabro y cruel; y aunque mamá intentó explicarme el porqué nos marchábamos de casa, hasta hoy no lo consiguió.
Ella sabe que soy pequeño y quizás pensó que a mis nueve años no le haría difíciles muchas cosas.
Hasta ese día, mi mundo era un lugar mágico y en él habitaba todo cuanto quería y necesitaba. Pero de un día para otro, lo partieron en dos, lo dividieron para que las dos personas que más quiero acabaran separadas.
Yo… creo haber sido bueno con ellos y, aunque no estoy seguro, me parece que siempre me porté bien; aprendía a querer, a escuchar y a tenerlos como el único ejemplo a seguir en mi cortita vida.
Muy buenos motivos habrán tenido –seguro- para destruir todo cuanto tenía; para desintegrar el universo en el que un día me esperaron.
Sí, seguro que habrán tenido muy fuertes motivos.
Mamá ya no responde a las preguntas, tal vez no conozca las respuestas, tal vez le hago daño y no quiero hacerlo; se incomoda y yo no quiero que ocurra, porque la quiero mucho.
Cuando voy a ver a papá, el silencio de mi otra mitad del mundo me rodea y una cosa muy triste lo llena todo; yo no sé muy bien qué es, aunque papá dice que simplemente… es mi ausencia.
Claro que yo, con nueve años, no puedo comprender a los mayores, pero seguro que cuando crezca, veré que las cosas son muy complicadas –como dice mamá- y podré conocer aquello que prevaleció sobre todo y sobre mí, por encima de todo y por encima de mí; eso tan extraño que hizo cambiar mi vida para siempre. Sé que habrán tenido razones más importantes… más importantes que yo.
Aún así… yo siempre intento ser bueno.
De cualquier forma, cuando estoy con papá, ya no hablamos de mamá y yo, aunque sea chiquito, sé que nos hace daño a los dos; a mí, por no poder entender, por no saber; y a papá…a papá por lo mismo. Él me dice: te quiero y eso me gusta, pero algo le siento en la piel que le quema despacio, y se pega a mi piel sin quererlo, y me lo traigo conmigo cuando vuelvo con mamá. Él dice: te quiero y eso me hace fuerte, pero algo que me da un miedo que no conocía le va apagando el alma y me sigue cuando regreso con mamá.
Por suerte, sé que estoy haciéndome un hombre –hora tras hora y día tras día– y muy pronto sabré todo aquello que ahora no puedo saber, o no quieren que sepa; por vergüenza, por cobardía o por tantas cosas que no sé… ni tampoco quiero saber.
Creo que cuando esto ocurra, algún día, no querré tener hijos para no hacerles daño y para no dejarles nunca, nunca… con la mitad del mundo, como me dejaron a mí para siempre.