EL MIRADOR

La trinchera de la palabra

Gerardo de Lima
Última Actualización Martes, 22 de Febrero de 2011. 17:53h.

Cuántas veces precisamos la vida entera para cambiar de vida, lo pensamos tanto, tomamos impulso y vacilamos, después volvemos al principio, pensamos y pensamos, nos movemos en los carriles del tiempo con un movimiento circular, como los remolinos que atraviesan los campos levantando polvo, hojas secas, insignificancias, que a más no llegan sus fuerzas. Mejor sería que vivieramos en tierra de tifones. Otras veces es una palabra cuanto basta”.

José Saramago


Cuando la muerte llega, nos deja en un espacio sin apoyos, sin lógica alguna que apacigue, sólo un poco, nuestra débil humanidad, nuestra fragil manera de existir. Tal vez la única confianza se camufle recordando, reviviendo momentos, instantes, palabras que fueron parte –por azar– de nuestro pensamiento y de nuestros días. De ahí nace la importancia de la memoria y la ineludible conciencia de ser sólo eso: una parcela de impulsos que no será salvada más que con el recuerdo de algún contemporáneo.
Cuando el recuerdo se convierte en imprescindible, seguimos nutriéndonos de todo cuanto nos han transmitido y logramos ,ante las ausencias, arañar un poco más de aprendizaje.
José Saramago nos dejó con ochenta y siete años y una producción literaria muy particular, centrada en el universo de un sobreviviente que avanza hacia una identidad propia y que además de salvarle, le va dotando de una conciencia social cada vez más potente y directa.
No son sólo sus obras las que esconden esta condición, sino que fue su cotidiana o esporádica manera de comunicarse con palabras simples e un sistema contaminado de fórmulas difíciles. La simplicidad de su verdad, de revelarse ante la injusticia y de mantener un hilo de coherencia entre lo que pensaba, lo que decía y lo que escribía, convierte a este poeta en uno de los grandes. El Premio Nobel de literartura que recibió en 1998 –tan importante– sólo nos remite a una anécdota de justicia, como decía, en un mundo en el que “estamos ciegos”, para recordar a quien lo leyera que “...usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante”.
Lógicamente existen personas a quienes les cuesta mucho ser felices, basta nada más con saber mirar lo que estamos viviendo y en qué estamos convirtiendo nuestro espacio vital. Esto es suficiente para rasgar con un halo de tristeza cualquier pensamiento objetivo.
En una ocasión escribió: “Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz, pero, sencillamente, no puedo. Sin embargo, hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso”.
La generosidad de un solidario incondicional, la rebeldía de un luchador ante tanta injusticia política y social, impregnaron a este escritor, que bien podía mantenerse al margen, de una inequívoca insatisfacción, que lo retiró de la comodidad y lo instaló para siempre en una atalaya de dignidad, de fuerza y de ejemplo para todo el que quiera ver más allá de su conveniente ceguera.

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