Hemeroteca :: 21/12/2009
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OPINIÓN

EL MIRADOR

Por Gerardo de Lima
Última actualización 23/12/2009@12:17:50 GMT+1
“Antes, para vivir bastaba con luchar por unos pocos y valiosos sueños…Ahora, recordarlos es cuestión de vida o muerte”.
Es impresionante la manera en que nos afecta la crisis; a nosotros, que hemos nacido y crecido remando contra corriente; desafiando tormentas de recesiones patológicas, achicando el agua de inevitables pateras que nos darían, al final, una cuota importante de libertad y la dosis imprescindible de dignidad en nuevos y prometedores lugares.

Por nuestro pasado combativo, por nuestra identidad, por los callos de nuestras manos y por el cansancio de nuestras miradas, podíamos creer estar mejor predispuestos a soportar cualquier crisis.

Pero resulta curioso notar cómo el bolsillo determina nuestra empatía y cómo la memoria –o la desmemoria- evidencia nuestra necesidad de salvación personal y agudiza el desequilibrio entre lo que fuimos y lo que somos.

Nos hemos permitido aparcar momentos, desechar encuentros en otro tiempo vitales, garantizar nuestro desembarco particular, aunque nos cueste un poco –o un mucho- de vergüenza.
¿Dónde quedó lo que fuimos, cuando la cartera no nos marcaba el grado de solidaridad, ni las presencias, ni las ausencias, ni el querer… ni el poder, o el no poder?
Nosotros, que aprendimos a sobrevivir con muy poquito, casi sin nada; a nosotros, que no nos silenciaron ni los uniformes, ni el cansancio, ni la desilusión, ni el miedo.

A nosotros, que con sólo pisar el espacio común de la conciencia (de la buena conciencia) nos bastaba para imaginar mejores mañanas.
¿Dónde quedó sepultada tanta fuerza?
¿En qué vacilantes instantes perdimos la llave que nos abría el corazón y la confianza, las palabras y el alma?
¿Dónde quedaron dormidas las voces que modularon el carácter y nos hicieron buenos, sólo por reconocernos vulnerables y precarios?
¿Quién anestesió los abrazos? ¿Cuándo se expropiaron de la verdad para intentar enterrarla en el baúl de los malos tiempos?
Sí, es impresionante la manera en que nos afecta la crisis.

Todos los caos posibles se hacen visibles, reflotan desde la profunda ciénaga y nos habilita para perdonarnos. Mientras tanto, esa orilla común a la que pretendíamos llegar se convierte en la sucesión de muchas orillas personales y concluimos habitando islotes de ausencias y soledades.

Sí, puestos a elegir, entre la añeja pobreza que nos trajo hasta aquí y ésta prefiero aquella, que sólo estrechaba los salarios, pero que nos graduaba en dignidad.

Cuando la pobreza nos hacía grandes y fuertes, y cuando sólo teníamos hipotecados alguno de nuestros deseos.

Entre una pobreza y otra, me quedo con aquella, que nos hizo libres de espíritu y acérrimos defensores de la verdad.

La verdad…¿Dónde extraviamos tanta buena verdad que nos permitía mirarnos de vez en cuando al espejo y sentir –por lo menos- vergüenza de lo que no podíamos ser?
Sí, definitivamente esta crisis está dejando secuelas, y sólo por una prudente ignorancia, voy a aferrarme con tenacidad a un nuevo crédito general –y no personal- a la refinanciación de la esperanza, para intentar, una vez más, salvar el mejor patrimonio que nos acompañó hasta aquí; parapetándonos en la trinchera que un día compartimos para rescatar aquella digna pobreza que nos hacía mejores personas.

Mientras tanto, recordar alguno de nuestros sueños será sin duda una buena manera de volver a empezar.
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