¿Cómo se evoca un recuerdo? ¿Cómo se describe un olor? ¿Cómo se reconstruye un momento? ¿Cómo, una emoción, un sabor, un temor...? ¿Cómo se cuenta un adiós?
(A mi hermano que, a pesar de tanto tiempo y de tanto espacio, sigue estando a mi lado).
No podría dejarte con palabras el olor a primavera, la enredadera rodeando lenta las columnas de cemento del patio y la mirada sorprendida de cada una de mis mañanas. Los picaflores endebles y veloces, el aleteo vertiginoso y nuestro esmero corriendo con vasos de agua para poder atraparlos.
Se nos fue hace tiempo la infancia y se marchó también el mangangá zumba que te zumba en los calores del mediodía; y las túnicas blancas y las moñas azules.
Es difícil desgranar con palabras momentos comunes, contabilizar pensamientos compartidos o poder enunciar con simplicidad tantos días gemelos.
Cada pelota nueva que "cuarteábamos" vos y yo, y el dolor del dedo gordo -como decías- porque los pamperos nunca sirvieron para pegarle bien y le dábamos de punta.
Y los triciclos sencillos, como nosotros, olvidados en algún montón de arena; las primeras carreras y las marcas en la tierra...y en el alma.
Aquél portoncito negro, oxidado y el ‘clin’ que en el medio de la siesta anunciaba a alguna visita.
La acacia enorme, única sombra en el terreno del frente. ¿Te acordás? Tapizaba de flores el muro que nos separaba de Lita, la vecina linda que enamoró nuestra inocencia con canciones de Aldo Monje, y entre la humedad y los bichos colorados aplastábamos sus espigas diminutas que explotaban con un sonido ahuecado y que, además de teñirnos las manos, nos teñían el corazón porque hasta hoy mi memoria percibe aquél olor agrio.
Cómo contarte hoy tantas cosas, si ha pasado tanto tiempo desde que rompimos el cristal biselado de la puerta principal de casa. Cómo describir el frío intenso de la ‘piedra laja’, cuando recostábamos la cara jugando a las escondidas y cuando a las tres de la tarde, corríamos detrás del frutero, el carro y los caballos. Las tanjarinas al sol en la veredita del fondo, junto al maíz; nos comíamos dos o tres kilos -‘hasta que la plata alcanzara’- pero la panza, nunca quedaba llena.
El canto incomprensible del escobero, que jamás pronunció la palabra escobas... ¿te acordás? (Aún me parece escucharlo)
El heladero negro, sudoroso y tremendamente cansado, cargado de: ‘Palito, barrita, vasito, sándwich, bombón... heladoooos!!!’ que de vez en cuando podíamos alcanzar a gritos.
Los gitanos reunidos una vez al año frente a la casa del gallego Manolo, en el terreno baldío y protegido por pinos; las carpas enormes y nuestras visitas fugaces para intentar descubrir quien sabe qué cosas. El coraje, el miedo escapando de las polleras hasta el suelo, adivinando futuros de calles polvorientas.
Y mamá...Mamá con los mates de té, su tibieza y la del sol...y la infancia!
Pero cuándo acabó? Porque parece que fue ayer cuando vestimos los últimos ‘enteritos’ y las botas de goma casi hasta las rodillas en invierno y en verano. Despertábamos a las nueve despedazando terrones para invadir el jardín de abuela y apoderarnos de las primeras frutillas bañadas de rocío y de cuidados. Luego boleábamos los piques de Antolín, desde la calle de tierra hacia el otro lado del alambrado -ese muro todavía no estaba- y las astillas en las manos, y los amigos de Buchental que venían.
A las cinco de la tarde, Walter nos ponía mamelucos y en su taller, nos cubríamos de aceite y Dissan lavando piezas de su Ford T; doña Elcira nos regalaba pilas usadas y Paloma nos hacía merendar con galletitas María.
Es difícil comprender que con el primer mate amargo que nos cebó abuelo comenzábamos a crecer, tal vez, a conocer el sabor de la vida...que también podía ser amargo. Y el arroz con leche de los veranos, y el gofio de los inviernos de lluvia; y los deberes sin tele y la mantilla del farol que susurraba y mamá...mamá acariciándonos.
Qué lejano y que cerca aquél primer día de escuela, ‘jardinera’ a los seis añitos y la maestra Mabel, la bicicleta y el carrito por el Puente de la Barra; tantos misterios para nuestra vida comenzando y tu valentía y la mía cuando nos miramos, cruzamos el umbral y comenzamos a entonar despedidas.
Las tardes largas, los árboles caídos tras la última inundación del mes de Julio, cuando el invierno nos daba una tregua junto a la casa de Ferreira y cortábamos ‘horquetas’ para fabricar ondas hasta que el anochecer nos llevaba de nuevo a casa.
El almacén de Don Aníbal, Sergio y Dani; la vitrina inalcanzable donde guardaba el dulce de leche que se compraba por gramos...tus deseos y los míos.
‘El Luchador’ y la mesa redonda y fría bajo el parral, las primeras borracheras que vimos juntos y que aún no comprendíamos. Se mezclaban los olores de maíz y de papas con cada grapa con limón que tomaban, porque además era boliche. El keroseno que el cliente se servía desde el tanque grande en el rincón...te acordás hermano? Te acordás de los ‘Carnavales del Peludo’,de aquellas carrozas de pobres cargadas de ilusión y dientes de leche...de las murgas que nos metimos en la sangre como una droga primeriza para tantos porqués que ya nos hacíamos. La alegría sana, los abrazos apretados que nos protegían cuando comenzamos a crecer.
Esperábamos cada domingo para pasear en el camión que papá traía del trabajo, los cajones de madera apretados a la chapa del ‘veintitrés’ y Loreley jugando con sus hermanas, y Pedro y Gustavo; y aquél sudor, y el descubrir y el comenzar a aprender aquél oficio que llevábamos en la piel; y lo mezclábamos con los helados de ‘La Querencia’ y a la vuelta nos peleábamos por manejar sobre las piernas de papá, porque aún no alcanzábamos a los pedales.
Los viajes más o menos semestrales hasta el final de todos los caminos para visitar al portugués amigo que vivía rodeado de soledad desde que desembarcó, allá por el año 59.
La cachila del Padre Bayón, cuando esperábamos que papá se fuera de viaje para conducirla solos por los arenales.
Las novias primeras. Los ‘picados’ eternos en la canchita del canal, junto a la iglesia; o esa tarde de inseguridad cuando me enseñaste a fumar el primer cigarrillo a escondidas, por acompañarte y, tal vez, para que no te sintieras tan solo.
Tantas palabras que no dijimos, porque no hacían falta y porque nos hablábamos con el pensamiento.
Y pensar...Mano, que ya somos otros padres en la vida; que yo solo espero en la distancia la oportunidad de verte de nuevo, de disfrutar encuentros; de abrazarte fuerte y cebarte, otra vez, como antes; los mates que este tiempo nos privó de compartir.
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