Por muy diferentes caprichos del azar, muchos fuimos los que entonamos la melodía del éxodo; a veces triste, a veces esperanzadora y revitalizante.
Unos llegaban con sus maletas atiborradas de principios, desgastados de luchas o de injusticias; de utopías que ayudaban a dormir y a veces… a soñar.
Otros, apenas con una ligera mochila cargada de urgencias, permeable a las inclemencias de la nueva sociedad que no siempre les esperaba.
Otros, tan sólo con un álbum de buenos recuerdos en la memoria para soliviantar desencuentros y posibles decepciones; pero todos, sin excepción, llegaban y llegan con la mirada limpia y la frente erguida, entrenada en mil tormentas, desafiando destinos casi inamovibles por encontrar un lugar en el mundo, por establecer un reducto de dignidad que sus países no les permitieron conquistar. Son pues, rescoldos de una emigración lógica y predecible. La misma que en otras épocas se produjo en sentido inverso, cuando buenos luchadores se adentraron en un páramo desconocido, en una senda última más allá del Atlántico, hacia unas “Américas” que les darían pan, cobijo y futuro; y desde una España que todo les negaba.
Ya no se “hacen” –como entonces– “las Américas”; como tampoco jamás se “hicieron las Europas” (tal vez por falta de materia prima).
Cuando llegué, muchas fueron las cosas que me sorprendieron de este nuevo país que pisaba, desde su incuestionable “Estado del bienestar” del que tanto había escuchado hablar, hasta la incomprensible apatía de muchos de mis nuevos vecinos, cosa que atribuía a sus bolsillos más o menos llenos.
Nosotros, por el contrario, veníamos agudizando el ingenio desde tiempos casi inmemoriales. Todo debíamos estudiarlo: cada cambio de índole social, cada nueva medida política y cualquier movimiento que pudiera producirse dentro o fuera de nuestras fronteras, porque, de una u otra forma, con certeza provocaría un efecto dominó y algún desbarajuste adicional a nuestra economía familiar, ya muy maltrecha.
Así, a fuerza de necesidad, ejercíamos de economistas para llegar a fin de mes; de politólogos para bregar por una sociedad más justa; de ciudadanos tolerantes y resignados para asumir nuestras ocho o dieciséis horas diarias sin chistar, conscientes de que no cubriríamos nuestras más urgentes necesidades.
Cuando llegué, el mismo azar me permitió conocer a Carlos García Bravo, y Vigo me deparaba sorpresas que, aún hoy, no he tenido tiempo de desembalar.
Él venía de un exilio voluntario y perentorio, buscando recuperar la ilusión –que no es poca cosa– y navegando por los mares interiores de una búsqueda personal, que no pasaba por apremios económicos, pero le hizo, como a todos, encontrarse con los muros más altos.
Fue entonces cuando me abrió las puertas de su casa y de su alma; cuando aprendimos despacio, una de esas amistades que echan raíces profundas y duraderas. Porque la amistad también hay que saber aprenderla. Un día, sin darme cuenta, dejó de ser mi amigo, contemporáneo de soledades y de encuentros, y desde un momento que no sabría precisar, lo pensé y lo nombré mi hermano.
Fueron muchos los destierros que supo domesticar desde aquel pisito coqueto y frío de la Calle Urzáiz, y fueron muchos los portazos de ignorancia que golpearon su ingenuidad cuando peleaba por una oportunidad. Pero mi hermano, como tantos otros, supo resistir y convirtió la indiferencia en motivación y transgredió algún que otro desprecio con tesón, y mucha incapacidad ajena, con genuina educación.
Más tarde, el tiempo le premiaría con un nombre de mujer, y Marita supo compensar –y con creces– tantas horas de silencio y de frío con una vida cargada de sol y sonrisas. ¡Y luego dicen que en Galicia siempre llueve!
A mi manera, yo también empezaba a entristecer mi sonrisa por alguna soledad y muchas noches despertaba empapado con un sudor de invierno, mirando las mejores luces de neón de la Calle del Príncipe y escuchando cómo la ciudad se preparaba para afrontar el nuevo día.
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