"Las fronteras son las cicatrices de la historia"
El mundo sufre hoy, como siempre, un periodo de cambios y transformaciones en el que todos, en mayor o menor grado, somos protagonistas: transmisores o receptores de diversos estilos de vida. A veces nos toca por suerte defender y consolidar ideologías, atractivas economías o hacer las veces de porteros celadores en aquellos países donde se goza de un cierto bienestar; pero en otras ocasiones, la moneda muestra otra cara y, en lugar de esto, debemos luchar por un mínimo bien común, un techo, un salario o poder cubrir sin más necesidades mínimas de alimentación.
El hecho de haber nacido, y de pisar este mundo de todos, ya es suficiente motivo para llevar en nuestros genes y en nuestro espíritu una voluntad constante de hacer digna nuestra vida, de mejorar la existencia de nuestras familias –primera unidad social– y estandarte recurrido como lugar de partida en la conquista de un mundo mejor. Por todo esto debería ser, pues, comprensible y totalmente aceptado el fenómeno migratorio que de manera cíclica se manifiesta en todos los rincones del planeta, allí donde se convierta en la última y a veces única llave para la supervivencia. La crisis y el soporte económico actual en España generó primero el desinterés y más tarde el rechazo del inmigrante, ya que no encaja como hace una década en el entramado de la economía sumergida que tantos beneficios aportó y que tanto contribuyó al crecimiento en un país de ladrillos y playas paneladas de turistas. Como las monedas, pues, la historia siempre tiene dos caras.
Iberoamérica tiene un protagonismo tangible y es parte de esta realidad en Europa en general y en España en particular. El inmigrante iberoamericano ya no pasa por aquel desconcierto inicial, por aquella dura sorpresa de saberse engañado, del saber que, definitivamente, aquella educación hispana que recibió desde niño no tenía en absoluto nada que ver con la realidad.
Cada colectivo representa personal o generalmente un estilo de vida, una concepción diferenciada del ser y del sentir en sociedad. Todos conocemos, a esta altura, con qué tipo de carencias se produce esta fusión y la hostilidad –expresa o no– a la que se le somete ya no desde el punto de vista étnico-religioso, sino por el simple hecho de formar parte de una “minoría”. El inmigrante negro, por serlo, aprenderá y sabrá superar situaciones puntuales que no serán similares a las del inmigrante de la Europa del Este, ni lo serán a las del inmigrante latinoamericano. Todos llevamos en la frente o en el acento el rótulo de “extranjero”; como hispanos, tal vez se nos vea un poco más de vocación integradora, pero el hecho de domesticar, de practicar el castellano –lenguaje de nuestra “madre patria”– como nos enseñaron no representa ventaja en absoluto. Quizás la sorpresa y el posterior golpe hayan sido más bruscos y dolorosos.
Un sector importante de estos inmigrantes no pertenece a ningún grupo de privilegio (retornados, hijos o nietos de españoles, etc.), por tanto, forman parte de un grupo de riesgo para los nuevos gobernantes europeos. Son, sin duda, la verdadera cara de este fenómeno, cruel y desestimada, obligada continuamente a justificarse: la inmigración económica. Siempre apartada del marco político e institucional y de toda artimaña legal para conquistar la permanencia legal (es decir, para que le permitan comer, vestir... vivir), relegados a la suerte de la solidaridad de algún organismo no gubernamental. La hipocrecía del poder es arrolladora y, para negar derechos por ley, no hay más que declararles ilegales, es decir, inexistentes. En esta situación de abandono en la que se ha arrinconado al incómodo extranjero, sólo dispone del arma de la voluntad de superación o la necesidad de supervivencia. Es conocida por todos el alto grado de valentía que supone dejar atrás las referencias que nos hacen ser lo que somos (nuestro pasado, nuestra gente, nuestros aciertos y frustaciones).
Los latinoamericanos ya no manejamos la realidad como un camino de reivindicaciones, ni mucho menos. Mantenemos constante y viva la certeza de poder encontrar un lugar en el mundo, la imperiosa exigencia de participar en forma activa en un lugar en la sociedad, donde seamos y nos sintamos protagonistas directos, trabajando y fusionando nuestra causa personal con la antigua causa social, homogénea en todo el mundo. Un mundo con múltiples opciones, donde no tengamos necesidad de explicar tantos por-qués. Donde podamos ofrecer nuestra individualidad a la rica diversidad, algo por lo cual todos luchamos desde cualquier bandera, desde cualquier nacionalidad o condición; un lugar que justifique nuestros esfuerzos –aunque no los premie– y los del pueblo que nos acoge; que complemente nuestras renuncias de inmigrantes y que genere, en definitiva, un espacio real, capaz de enriquecer tantas estructuras que demandan, por cierto, una alternativa diferente. Por todo esto, apelamos al aporte cultural de todo inmigrante, a la fuerza y el tesón de todo el que con sus manos, con su constancia, colaborará, sin lugar a dudas, en la renovación de la sociedad. Debemos, pues, ser conscientes de nuestro capital, que es la principal herramienta para encontrar el lugar que buscamos.
¿Quién podrá negar, al fin, que no poseemos los mismos derechos inherentes del retornado? Si, en cualquier caso, somos “retornados históricos”, retornados de esa historia nuestra que se mutó en 1492. Después de todo, los Derechos Humanos son aplicables en cualquier zona geográfica del planeta, no seleccionan el árbol genealógico del emigrante, van más allá de fronteras, de banderas, de coyunturas políticas, económicas o sociales. Somos, pues, como realidad general, inmigrantes económicos. Se nos ha insistido en tener que sentirnos culpables frente a este hecho; somos parte de la emigración menos considerada, menos reconocida o justificada; y tal vez sea ésta la emigración más lícita, más integradora y menos viciada de slogans políticos. Admitamos que buscar una alternativa en nuestras vidas no es delito y no deberíamos justificarnos por ello. Al fin de cuentas no existe ninguna sociedad perfecta, y mucho hay por hacer; seremos constructores de otras realidades: el billete de avión es sólo un accidente temporal (como cualquier otro en la vida).
Nos preocupa la integración y la construcción, sin perder la identidad; el latinoamericano conserva su voluntad y sus sueños y los adecúa, los modifica en esta otra perspectiva quizás un poco más fría, más mecanizada, pero no menos utópica. No creamos que este “primer mundo”, este continente comunitario, posee ya los secretos de la perfecta convivencia. La salud política del mundo continúa en estado grave, más allá de Cumbres, más allá de Encuentros Hemisféricos, sean donde sean. Prueba más que suficiente es la situación de nuestros vecinos palestinos, afganos, africanos u otros donde la gran Europa no ha sido capaz de gestionar ni un atisbo de responsabilidad. Seguimos escondiendo la cabeza detrás de las cada día más necesarias ONG para defender los Derechos Humanos.
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