"A mi querido viejo, porque al final de tanta lucha y tanta vida, todo se redujo a un puñadito de objetos”.
Cuando nacimos y pasados unos minutos, ya teníamos en la muñeca una delicada cinta de identificación; por protocolo, para que no cruzáramos ningún reducto de dudas y erradicáramos inseguridades en nuestros padres. Para que nos protegieran y, amparados por la infalible vigilancia, no nos confundieran con algún otro recién nacido.
Quizás esa haya sido la primera señal de permanencia y de afiliación en la sociedad.
Inmediatamente nos vistieron con una tierna indumentaria que, como marcan las tradiciones, sería de color azul o rosa según nuestro sexo. Y a partir de ahí, por supuesto, hemos seguido apacibles y afables el camino más adecuado para sentirnos integrados en la cadena que retroalimenta nuestro espacio vital. Hemos tenido que sacrificar más de una vez alguna que otra rebelión y casi siempre nos tocó bajar la mirada y asumir que todo o casi todo debía ser de esa manera. Desde adeudar nuestros exiguos salarios por alguna posesión más o menos temporal hasta negociar alguna hipocresía para hacerla nuestra, y no salir demasiado heridos en orgullo y en razón.
Muy pronto nos enseñaron que poco importa la razón cuando perdemos; como también –demasiado pronto nos daríamos cuenta– lo difícil y duro que resultaría aceptar el término justicia, quizás porque no siempre es justa, o tal vez porque simplemente depende de la butaca que ocupemos en el tribunal.
Lo cierto es que hemos ido aprendiendo (o desaprendiendo) el arte de vivir, y ya no por elección sino únicamente por supervivencia. Por lo mismo es que el abismo del consumo nos envolvió. Por lo mismo, es que más de una vez compramos sin saber por qué, o sin necesidad real de aquello que obtenemos.
Por supervivencia social es que deseamos el coche –antes que por necesidad laboral– (y el mejor que nos permitan deber).
Por lo mismo, casi la mitad de nuestra vida la destinamos al pago de la hipoteca y, quizás por las mismas razones, nunca supimos negarnos a cada marcado designio que nos clausura y amuralla para no salirnos del camino que alguna vez, alguien no sé muy bien en qué lugar y por que razón, ideo tan despiadada e irracional armadura de cerrojos.
Hemos logrado ser –o estamos en ello– ciudadanos sensatos. Hemos trabajado y –paro mediante– seguiremos trabajando para conquistar todo aquello que creemos debemos conquistar.
El secreto de la felicidad es triunfar. O mejor dicho, la felicidad no tiene secretos; o mejor aún… ni siquiera sabemos qué puñetas puede ser la felicidad; lo único importante, lo que cuenta de verdad es eso: el triunfo. Es decir, lograr lo que deseamos: el nuevo puesto, el nuevo barrio, el nuevo piso… y tranquilos, siempre habrá algo nuevo que desear; los engranajes del consumo se lubrican de forma automática y ya no somos más que sus animales de compañía. El negocio está seguro; todo está en su lugar mientras nos crean cada día una nueva necesidad.
A priori, el único inconveniente que mi torpeza se atreve a vislumbrar es lo limitado de este tiempo personal, la transitoriedad con la que está cimentada mi vida y el arrollador calendario que deja caer sus días inexorable y silencioso, burlesco e incontestable.
Las tiranías nos han convertido en dóciles rebaños; solo nos queda la rebeldía contra cualquier forma de adoctrinamiento, pensar con libertad sin ningún régimen establecido; ser libre, crítico en el pensamiento y vivir sujeto al más alto rango de la dignidad.
Por lo menos… en el breve tiempo que nos queda.
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