Hemos llegado a otro Doce de Octubre y, como es habitual, enunciaremos a diestra y siniestra términos de integración, convivencia o participación social y, por supuesto, esto no está nada mal.
Otro Doce de Octubre en el que se podrán ver –cómo no– en los televisores y en la prensa la algarabía y el júbilo de una fiesta en la que todos, en mayor o menor grado, somos partícipes.
De lo que no podremos serlo, seguramente, es de la realidad agazapada detrás de esta celebración. Pasarán los colores, la música, el desfile... y el olvido cubrirá con dulzura y disimulo a la América Latina que aún no puede celebrar.
Un continente en el que se producen las mayores desigualdades sociales del mundo y en el que la franja entre la pobreza y la riqueza se profundiza y se enquista a medida que el tiempo transcurre.
Unos cien líderes políticos de esta América Latina se han reunido recientemente con el fin de visualizar un camino común, una estrategia a seguir, para reconocer fórmulas teóricas de encuentros que permitan soliviantar esta brecha cada vez más inoperante e injusta para sus pueblos.
Desde luego, las conclusiones a las que se han llegado no son, ni mucho menos, reveladoras, pero comenzar identificando verdades es, sin duda, un buen inicio.
Conocemos la enfermedad que padecemos, la hemos diagnosticado, pero el tratamiento para su curación requiere, sobre todo, de poder disponer de los recursos reales que son de nuestra propiedad.
Felizmente, ya no se trata de falta de democracias, pero está sobradamente probado que sólo con democracias no se consiguen los cambios económicos; éstas son solo parte de un paso ineludible e innato.
Sólo con democracias no se combate la violencia que genera el hambre, la marginalidad, el desempleo, los cárteles de la droga, el tráfico de personas, el trabajo infantil, la prostitución desregulada, etc., etc.
Los enemigos de una vida digna en Iberoamérica aparecen, pues, desde muy variados flancos y la violencia que despoja esta dignidad acaba formando parte de un entramado social en el que la víctima final es siempre la misma: la parcela más desfavorecida de los pueblos. Está más que claro entonces que sólo con democracias no acabamos con esta realidad.
América Latina se ha propuesto avanzar en el camino de la educación y la productividad y, sin duda, son dos armas excelentes para reiniciar el continente.
En este tiempo convulso sólo la unidad de Latinoamérica será la que determine el triunfo o la derrota, ganar o perder no sólo en el ámbito interno sino en el contexto internacional y en la interacción económica con el resto del mundo.
La victoria del desarrollo sobre la expropiación metódica de recursos económicos, que es lo mismo que decir sobre la identidad de Iberoaméric, será el único camino posible y, en este marco, la unidad, el único instrumento eficaz para cortar el cordón umbilical con los poderes económicos y multinacionales instalados en un mercado diseñado para satisfacer intereses ajenos.
No somos dueños de la verdad, sólo lo somos de la libertad que podamos merecer y conquistar –día a día– la libertad política, la libertad social, la libertad económica... la individual; y ponerla en práctica es una buena manera de cambiar la realidad.
Reconocer nuestra identidad pasa por asumir errores pasados. Reconstruirla es, aquí y ahora, tarea de todos.
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