EL MIRADOR

El anonimato de un guerrero

Gerardo de Lima
Última Actualización Martes, 14 de Septiembre de 2010. 11:52h.

Hoy, en otro tiempo y en otro lugar, el recuerdo de tantos que aprendimos de tu lucha.


Héctor Beovide nació en la República Argentina y una historia triste lo llevó a tierras uruguayas allá por el año 1963, donde nunca más pudo cuestionarse el hecho de volver, y ya no por el Gobierno de Perón -que lo expulsó de la Universidad bonaerense-, sino por una extraña suerte fatalista y venturosa que hicieron al hombre sentirse identificado con el medio y al profesional, con tantas demandas sociales.

Médico de cabecera, decían, y la apatía de mi juventud se convirtió en vergüenza cuando fui descubriendo que hacía ya muchos años que no cobraba por su trabajo.
Una muerte por diarrea infantil lo retuvo en el Delta del Tigre, a veintitrés escasos kilómetros de Montevideo, donde el Río Santa Lucía estrecha su cauce y el viejo puente de hierro con aspecto de jaula construido por los ingleses comunica -o descomunica- la capital del país con el Departamento de San José.
Tierras de promesas incumplidas, donde los primeros soñadores, allá por los cincuenta, compraban parcelas de tierra a precios módicos con la garantía de un futuro de esparcimiento, reposo, navegación y pesca de salmones.
El tiempo quiso que la ilusión en cuotas de tanta clase media en busca de sosiego y casita propia se viera desbaratada y que el paraíso maragato se convirtiera en una artimaña de olvidos políticos, mecida tan solo por la voluntad de los cinco mil habitantes ya pobres,  que arrastraban no sólo el engaño, sino el cansancio heredado de un país desgobernado.
El Doctor Beovide pertenece a ese grupo de gentes que no aparecerán jamás en los libros de historia ni constarán en las páginas de reconocimientos públicos, porque nunca persiguió galardones personales y porque la vida suele ser así de indiferente.
En ese “país de los juncos”, en una franja de veinte a treinta kilómetros de costa, le ví trabajar hasta la enfermedad por “agua potable”, por “saneamiento”, por “transporte”, por “salud para todos”, por adoptar procesos de descentralización donde fuera real la “comunidad” como tal, la “autogestión” y donde fueran eficaces los modernos “Centros de Salud” asistidos por un voluntariado, aún no existentes ni en la imaginación de los más visionarios.
En ese “país de inundaciones” llamado Rincón de la Bolsa le vi muchas noches de invierno con un viejo coche sin luces, sin frenos, asistir a enfermos que tan sólo podían esperar otros olvidos por no tener cobertura social ni disponer del dinero para medicamentos...  sin trabajo y sin voz.
Cuando también en mi Uruguay la historia fue triste y la dictadura mortífera enflaqueció todas las estructuras sociales -ya muy insuficientes-, recibió portazos en cada escritorio del Gobierno, pero, a pesar de eso, el silencio fue un aliado en su lucha, porque, además de saber pelear con la palabra, manejaba con maestría el arma de los hechos;  predicaba con el ejemplo y enseñaba el camino adecuado sin rendirse.
Mi pequeña historia fue diferente, quizás me cansé o quizás me apemiaba un cambio sin demoras, y fui uno de los muchos que abandonó. Un buen día cerré los ojos y subí a un avión para marchar muy lejos; pero a cada tiempo le recuerdo: en tiempos de alegría, por su sonrisa franca; en tiempos de lucha, por su tesón; en tiempos de injusticias,  por su inquebrantable voluntad.
Aquél día, cuando miramos una película argentina y vio su pasado transcurrir en ciento veinte minutos, una lágrima lenta y enorme recorrió su rostro guerrero, se acomodó en la silla de mimbre, bebió un sorbo más de la infusión y no tuvo tiempo de “desgranarme” a su pueblo, porque le estaban llamando para otra urgencia. Como ya no tenía coche, perdió veinte minutos eternos en encontrar un vecino que lo llevara a treinta kilómetros, donde, curiosamente, otro niño sufría disentería desde hacía tres días.
Cuando durante  tantos años a uno le quitan de los libros los héroes y nos quieren hacer creer que ya no existen; cuando nos educan con silencios prolongados, con miedos de ausencias y represiones de capuchas, estos luchadores sociales emergen de la nada, crecen en las grandes ciudades apretadas de asfalto o en las villas pobres sembradas de juncos y humedales.
No supe demasiado de mi barrio en muchos años, pero presiento que sigues allí -oriental por adopción-.
Siento la fuerza a través de tu cuerpo cansado, veo tu rostro sereno sigo creyendo en la prodigiosa convicción de tus palabras.
Después de todo, aunque el nuestro sea un país sin memoria, el tiempo te dará la razón y tus conquistas serán, por sí mismas, el mejor reconocimiento que nunca te dieron.

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6 Comentarios

Aurelia fernandez  04.oct.2010 | 01:45
#6

Por internet encontré mi familia paterna de Murcia y descubrí que tengo un tío abuelo que van a declarar beato, tengo datos que ofrecer, no sé a quien acudir. Soy argentina pero descendiente de españoles. Mi tío cura se llamaba Victor Lledó Martinez Rico. Gracias por su atención. Atte Aurelia fernandez Melero

alicia  22.sep.2010 | 18:02
#5

La emoción y el recuerdo para este gran hombre , que falleció en el mes de julio del 2005 , y aún está con nosotros . un abrazo

Alicia Scorzo  22.sep.2010 | 17:57
#4

Vaya de este lugar llamado Rincón de la Bolsa , que usted tanto conoce; el agradecimiento y la emoción por haber evocado al Dr. Héctor Beovide que falleció el 10 de Julio del 2005 y aun está con nosotros.

Alicia Scorzo  22.sep.2010 | 05:02
#3

EL Dr. Beovide falleció en el mes de Julio del 2005 .Como no recordar al amigo solidario de tantos momentos . va mi recuerdo hacía él junto al tuyo. Gracias por esta alegría. un abrazo

Alicia Scorzo  22.sep.2010 | 04:56
#2

Es exactamente como yo lo recuerdo . AMIGO INCONDICIONAL , SOLIDARIO , MAESTRO , UNO DE LOS SERES HUMANOS QUE HAN MARCADO MI VIDA . EL DR . HÉCTOR BEOVIDE TORRES , FALLECIÓ EN JULIO DEL 2005 . LOS QUE ESTAMOS AQUÍ EN RINCÓN DE LA BOLSA , TODAVÍA LUCHAMOS PARA QUE SU NOMBRE SE INCLUYA EN ALGUNOS DE NUESTROS CENTROS DE SALUD.DESDE MI CORAZÓN LE AGRADEZCO ESTE HERMOSO RECUERDO . UN ABRAZO
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LA COLUMNA DEL LECTOR

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