Todos nos hemos sentido campeones del mundo como resultado de la merecida y trabajada victoria de la selección española ante Holanda. Todos podemos guardar ese trocito de orgullo que nos brinda el espacio común y compartido de un país en el que tanta falta hacen las alegrías.
Después, en mayor o menor grado, sufrimos las otras, las de nuestros pequeños y olvidados paisitos que a fuerza de ilusión y sacrificio han pasado de forma casi fugaz por Sudáfrica, pero demostrando que, a pesar de las limitaciones de índole económica, podemos tratar de igual a igual hasta el combinado más señorial.
La América pobre dejó una estela de dignidad, tesón y deportividad que no permanecerá ajena en los renglones de la historia deportiva ni en las memorias colectivas de quienes disfrutamos, en mayor o en menor medida, de este Mundial de Fútbol 2010, en el que España venció con total justicia. Queda un cuarto puesto de Uruguay que sabe a gloria y el convencimiento de que algo ha cambiado desde la raíz misma de nuestra selección y del día a día de sus responsables, la humildad, el saber estar, el respeto, la valentía y el buen gusto de salir a atacar sin complejos, con la cabeza alta y el corazón caliente, como los grandes futbolistas que han mostrado ser.
Por todo ello, absorbí con ansiedad las alegrías y las guardé en el buzón del alma, porque pronto llegaría el lunes.
Y el lunes llegó. Y el Mundial acabó y con el eco de las vuvuzelas y los colores de la roja, y las camisetas y los cánticos y la algarabía fusionada en cada esquina y el título de campeón del mundo que caía por vez primera en cada español... se hizo el silencio.
El sueño se había hecho realidad, pero al otro día despertamos otra vez en la cola del paro, los cuatro millones y medio de desempleados seguían sin un trabajo y los políticos -cumplidos los trámites de hacer propios los triunfos- se disponían a preparar el Debate del Estado de la Nación.
Sólo en unas horas pasamos del precioso sueño a la innegable pesadilla. Debíamos volver a la realidad, a la otra realidad, la del protagonista y constructor de la sociedad, la del único campeón que asume con la misma valentía un nuevo día, los mas afortunados de trabajo, otros con la espera cada día de mejorar una precariedad impropia de una nación europea de la que no hace mucho tiempo nos decían ir a la cabeza del desarrollo.
Está claro ya cuánto nos han mentido, pero lo cierto es que en este debate ninguno estuvo a la altura y se volvieron a reír de la inteligencia de los españoles.
La izquierda finalmente y después de maquillar palabras, actitudes y caretas, impuso por decreto unas medidas en toda regla de derechas, renunciando a su identidad y sus compromisos; mientras tanto, la derecha no existe como alternativa, la oposición sobrevive con respiración asistida y espera que se produzca un milagro para poder gobernar; no apoya, no se compromete con los cambios, ni propone absolutamente nada, simplemente porque nada tiene para proponer. ¡Cuánta tristeza despues de tanta alegría!
La España deportiva puede gritar muy alto el Mundial de Fútbol ganado en tan buena ley, ahora bien, lamentablemente dudo mucho de que esto sirva para potenciar la autoestima y la credibilidad, la confianza en el futuro y las expectativas de vida; cuando tristemente comprobamos que la España política y quienes tienen la responsabilidad de conducir nuestros destinos está anquilosada en una parcela de completa desidia ante tan grave situación económica.
Las cartas están sobre la mesa y nos toca a nosotros la próxima mano. Los gobernantes y la oposición -que también gobiernan mediante pactos y acuerdos, según les venga- nos han dejado en el ámbito del impulso social, del reclamo y de la fuerza más democrática que sólo las manifestaciones en este ámbito serán capaces de cambiar.
Ahora, por tanto, más que nunca sólo nos queda la palabra, la que rompe murallas, la que provoca cambios, la que transforma naciones, la que nos hace dignos de buenos triunfos o tristes merecedores de pesadillas que pueden marcar el destino de nuestros hijos. Hoy es la hora de los silenciados por el desprecio y la corrupción; por la mentira y la desilusión, es hora de volver a luchar, esta vez no en un campo de futbol rodeado de grandes marcas, sino en la pequeña parcela de nuestra responsabilidad cubierta por la impotencia y la injusticia que ejerce tanto bueno europeísta que proteje bancos y multinacionales, consorcios y sistemas financieros; olvidando el sagrado deber de defender antes y sobre todas las cosas los Derechos Fundamentales del Hombre.
Sabemos que somos campeones del mundo de futbol... ¿Podremos serlo también en conciencia social y dignidad? Como en el terreno de juego, sólo depende de nosotros.
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