La crisis económica generalizada nos lleva inevitablemente a una crisis particular, personal e intransferible que consiste en resolver día a día las urgencias, los recibos por pagar, las facturas cotidianas, los gastos imprescindibles que hacen de nosotros individuos integrados en una evolución constante. Somos parte del puzzle macabro que un día, a golpe de azar, o de bombas, idearon unos pocos para establecer un orden mundial ajustado a sus conveniencias y bolsillos.
Hoy, ante tal agobio asfixiante, intentamos comprender lo más próximo, y encontrar respuesta en los políticos de turno o en las próximas decisiones de participación que nos ofrezcan los celadores del poder. Cuando asistimos a este gesto casi absurdo, en el que todos prometen, aseguran, sonríen y ofrecen a cambio de un voto todo aquello que jamás cumplieron, entendemos quizás el verdadero valor de nuestras democracias vacías y nuestra libertad tutelada. Los gobiernos han demostrado que no gobiernan y el poder sigue siendo patrimonio de unos pocos. Esos pocos bien situados, estratégicamente vinculados a las grandes decisiones en los avatares económicos del mundo, han sabido instrumentar una fórmula magistral para dividir el mundo en dos y jerarquizar la miseria y el hambre con “programas de desarrollo”, “políticas proteccionistas”, o variados y generosos sistemas de refinanciaciones de toda índole.
Estos pocos fueron capaces de instaurar el modelo económico neoliberal como la panacea de los pueblos libres, desarrollados y destinados a sobrevivir.
Estos pocos confeccionaron políticas de producción intensiva, que inocularon al mundo con las primeras crisis agrarias; la escasez de alimentos, las subidas del precio del petróleo; las migraciones como consecuencia del desempleo y en busca de mejores oportunidades; la obligatoriedad de las producciones de cultivos comerciales para las multinacionales, y una serie de consecuencias aún por considerar dejando sin recursos a muchas economías y generando una total dependencia en el terreno alimentario en los países más pobres. La globalización de la pobreza se inició en los países en vías de desarrollo con la política “salvadora” del Fondo Monetario Internacional. Por otra parte, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, sólo reconocen individuos en competencia; sólo existe el Mercado –único dios- y la economía como única herramienta de desarrollo o de infortunio.
Para ejercer este control, las trasnacionales en el nombre de dicho desarrollo van saqueando regiones y convicciones, países y sociedades. El empobrecimiento dobla el importe de los préstamos, y éstos generan más deuda imposible de pagar, por lo tanto, más dependencia y más miseria.
Los alimentos son ahora para los coches del primer mundo; los biocombustibles, las especulaciones financieras y los políticos del FMI han incrementado el valor de la soja en un 300%, el trigo en 130%, el maíz en 120% en el mercado internacional. Esto reduce o limita drásticamente las posibilidades de los países pobres, los vincula a producciones específicas que resultan ser a mediano plazo, autodestructivas a nivel regional; desaprovechando recursos naturales propios y condicionando la compra de alimentos para consumo local.
El mundo hoy, más que nunca tiene nuevos mecanismos de control: la injerencia económica como principal arma de poder, la destrucción de la soberanía alimentaria de los pueblos, la políticas bélicas y de dominio directas, o la absoluta manipulación de los medios de comunicación, de información y de difusión.
Nuestro derecho a definir las políticas agropecuarias y de producción de alimentos, el desarrollo sostenible y la seguridad como seres humanos están en serio riesgo; la pugna por el agua, el combustible, los alimentos, los recursos naturales ya sustituyen desde hace años los conflictos armados beligerantes. El nuevo método parece infalible: desinformar y dividir, para intervenir en la soberanía ajena, las balas no siempre hacen falta.
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