Doña Elena nació en épocas grises, cuando el país sólo era un boceto de imitación y cuando aún no se podía aventurar a modernizarse ni a pretender con orgullo o memoria, formar parte de una Europa lejana y soñada, donde ya el hambre no marcara los destinos, ni la guerra fuera señal de identidad; y donde sus nietos pudieran convertirse -a base de sacrificios- en defensores de claras ideas y en señores de profesión -como decía. Muy lejos estaba aún, en ese tiempo, de presagiar cuanto tardaría en deshacerse de tal destino.
Doña Elena no tuvo estudios pero esto de ninguna forma les priva a sus allegados y amigos de disfrutar de charlas repletas de vivencias, de descubrimientos y de ideas.
Hace unos días la encontré preparando la tierra en la esquina de la casa donde ella dice que el sol y el aire realizan todo el trabajo para que sus geranios crezcan, que no es tarea suya y que solo les aporta compañía y un poco de amor.
Lo reconozco, fui a verla por un arrebato de egoísmo, y aunque ella siempre cree que le obsequio un poco de mi tiempo visitándola, yo sé perfectamente que voy en busca de una de sus infusiones de serenidad.
Doña Elena vive sola desde hace muchos años, cuando su compañero de vida se despidió temporalmente -como dice- y dedica su tiempo a su pequeña parcela de tierra, a escuchar mucho la radio, ver un poco de televisión y a repasar con curiosidad los periódicos con los que se topa cuando vuelve en retirada del mercado.
Todo lo sabe o, por lo menos, cualquier cosa que la actualidad imponga un comentario en la calle, doña Elena la conoce y aunque pocas veces opina, todos sabemos con absoluta certeza que ella ya desgranó, depuró y clasificó cada noticia entre las macetas del frente y la última hierba del huerto.
En quince minutos repasamos las últimas portadas del mes, desde el terremoto de Haití hasta la nube de cenizas provocada por el lejano volcán islandés que paralizó el tráfico aéreo los últimos días, pasando por la atrocidad de los abusos sexuales y los casos de pederastia infligidos por demasiados sacerdotes de la Iglesia Católica en todo el mundo, y la inmoral ocupación de Afganistán por fuerzas de la OTAN o la no menos inmoral actividad de nuestros políticos en el caso Gürtel. Desde el terremoto que provocó más de mil víctimas en China, hasta el accidente aéreo en el que perdieron la vida 96 políticos que gobernaban Polonia, o la última vergüenza del proceso en el que la democracia -que también puede ser corrupta- y la justicia -que también puede ser injusta- hilvanó los mecanismos de la ley para imputar al juez Garzón por prevaricación.
Eran muchas las preguntas para la que hubiera deseado tener una respuesta, una opinión, un comentario digno, limpio y respetuoso, como ella. Pero doña Elena, con 90 años, me dice que no quiere despilfarrar la poca energía de la que disfruta, que esos intercambios dialécticos pertenecen a otros tiempos, a otros días; y que formaban parte de una juventud que ya pasó, que pasó demasiado pronto; que las palabras a veces marchitan de a poco, como a sus plantas cuando reciben demasiado riego.
Yo al principio no la entiendo, la observo con atención intentando descubrir si la edad la ha dejado en un rincón de la historia, inmune e indiferente, o si el cansancio la desplazó hacia un desinterés irreverente y fácil, anodino e irresponsable. Y aunque así fuera, qué derecho me asistiría para juzgarla?
Pero no se trataba de eso, más tarde lo comprendí. Necesité en un momento que me acompañara en mi personal excursión por la crisis, por mis miedos, por mis dudas e inseguridades; por lo que puedo vislumbrar con mis falibles ojos y lo que pueden sugerir quienes dirigen este país en el que vivo.
Doña Elena me miró rígida de seriedad y pude intuir una mueca de pena en su expresión franca. “La comunicación incomunica -dijo. Los escucho solo por saber cómo va el guión, pero que no consigan que creas en el cuento.
“La crisis más grande es la de mi vergüenza, la de no poder fugarme en mejor forma de este engranaje de mentiras; la de haber caído en demasiadas ocasiones en esta maraña. Mi vergüenza mayor es formar parte de esta hipocresía que aniquila las ilusiones, la juventud y el futuro. Todos somos piezas en un tablero de un juego macabro y, en principio, destinados a perder. Me niego a participar en él”, dijo. “No acepto las normas de juego, por injustas, porque no creo en los caminos más cortos y porque ningunos de los extremos me representan. Nadie me hará creer que sólo tengo dos opciones o que simplemente eres simpatizante de Zapatero o lo eres de Rajoy.
“¿Es que en esto consiste nuestra Libertad? ¿Nos han dado a elegir opciones permitidas y correctas e irremediablemente nuestro ejercicio libre y democrático pasa por tener que optar por una de ellas?
“Nos diseñaron un abanico de libertad para no pensar en el que no creo; nos inventaron una modernidad que no pedimos ni gestionamos, que sobrevive en y desde el poder económico. Pero, ¿sabes?, ellos no mandan en mi jardín; ellos no podrán contaminar mi huerta, ni el oxígeno que permite crecer a mis zanahorias, ni el sol que deja que mis naranjas maduren; ni la lluvia que limpia la polución en mis lechugas.
“Que no me saquen de la crisis, me salvaré con sentido común, me quedo aquí, en mitad del ensordecedor e interminable caos, cuidando mi territorio creíble y personal; agudizando mi atención para no sucumbir nuevamente en las redes que nos hicieron más pobres, menos libres y mucho, mucho más infelices.
“La mierda cubre hasta las esperanzas hijo, solo nos queda, indefectiblemente, pegar un portazo, mirar al futuro y renunciar de una vez por todas, a este viejo sistema que nos configuró en patológicos desgraciados, en concursantes de mercadillos multicolores o circos ambulantes, en excursionistas de tarjetas de crédito y en adoradores del éxito fácil, ajeno y deshumanizante- en el que no tienen cabida los valores, simplemente porque no son rentables; solo cuenta ganar, ganar caiga quien caiga, ganar cueste lo que cueste, a pesar de lo que sea y de quien sea… me bajo -dijo- del país del todo vale”.
Quince minutos con doña Elena me rescatan un poco de tanto alimento transgénico que atrofia el sentido común de mi mente desesperada por soluciones.
Como dice Mafalda, el genial personaje de Quino, “paren el mundo, (como Elena)… yo también me quiero bajar”.
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