Delta del Tigre pertenece al Departamento de San José, pero sus gentes luchan, trabajan y sueñan en Montevideo. Es el primer pueblito que aparece saliendo de la capital a cruzar el puente de hierro de los ingleses, por el suroeste.
Tiene casitas bajas de bloques desnudos, calles polvorientas en verano y muchos techos de zing que dan ritmo en los inviernos lluviosos al repicar de las gotas y al silbido agudo del viento.
Allí jugábamos hasta el anochecer deambulando por las esquinas con trompos, cometas caseras (que eran las mejores), figuritas para cambiar o alguna bicicleta reparada mil veces.
En época de crecida del Santa Lucía, en su desembocadura con el Río de la Plata y en radio de humedales de varias hectáreas, cada año nos evacuaban en camiones a eso de las tres de la mañana, como si el río tuviera su horario fijado para hacer acto de presencia. Un vecino de guardia anunciaba cuántas cuadras faltaban para que el cauce llegara a las casas y cuánto tiempo estimado teníamos para escapar.
Inevitablemente, el río siempre llegaba, año tras año, y dejaba tras de sí la certeza de tener que empezar de nuevo. Nunca llegamos a entender el terrible drama ni la fragilidad de aquel terreno arenoso sobre el que estaban construidas nuestras casas humildes y nuestros sueños perennes. Nunca pudimos presagiar la impotencia de nuestros mayores en cada julio y agosto, cuando el invierno marcaba cada destino.
Luego de dos o tres días, volvíamos a casa desde la vieja escuela pública de la Barra Santa Lucía, donde nos habían instalado hasta que el río volviera a su nivel habitual.
Era una extraña sensación no entender por qué razón regresábamos.
Pero al día siguiente ya estábamos trepando por los viejos eucaliptos de cada solar inundado, creciendo como el río, sin darnos cuenta y dejando escapar un tiempo que no regresaría jamás.
Por el contrario, en verano las calles nos envolvían del sopor polvoriento y rosáceo del pedregullo suelto que en más de una ocasión peló nuestras rodillas desnudas y vulnerables.
Los días pasaban entre la pelota y las caminatas hasta el Canal, donde todavía estaba en pie el Gran Parador que jamás vimos funcionar, pero que, sin embargo, era sede de muchos proyectos comunes y de tardes imaginando otra rutina para el lugar más lindo del mundo.
Allí, al final del camino y junto a la ribera, dimos el primer beso, y alguno comenzó el camino ineludible de las ocho horas cortando juncos o trabajando en las cercanas fábricas que sostenían la economía precaria del Rincón de la Bolsa : “Efice”, “Ilusa”, “Bao”, alguna curtiembre o alguna carnicería que en época de veda de carne se pusieron de moda y se jerarquizaron como necesarias.
En ese tiempo nuestras mañanas eran diferentes y los portafolios de la escuela, además de libretas y textos, llevaban cuatro o cinco kilos de aguja de primera, que por supuesto no tenían precio, pero que además para nosotros representaba un ingreso extra y una versión prematura de supervivencia. Hacíamos de correo en tiempos de carestía y en tiempos de opresión.
Los militares nunca nos revisaban y en los controles, cuando daban vuelta del revés a todo el pasaje del ómnibus y de las “fordson” habilitadas para el transporte de carne, nos sentíamos poderosos e intocables.
Cuando el verano empezaba a meterse en el aire, y nuestra piel bronceada se dormía en los arenales llenos de horas muertas y libertad, la memoria ya preparaba un nuevo encuentro familiar cada treinta y uno de ciciembre, para esperar fuertes el nuevo año, sepultar frustraciones pasadas y renovar esperanzas recientes.
El primer día del año, nuestra casa se convertía en el lugar de encuentro donde arribaban primos, tíos lejanos, amigos; y los días se llenaban de risas, de canciones, de paseos a Playa Pascual y de llenar de cariño a nuestra abuela que cumplía años el mismo día.
En el viejo baúl de los recuerdos del corazón, todavía arranco –de vez en cuando- alguna página de aquella niñez para sonreír en silencio y rebatir las sombras de tantos inviernos que llegaron más tarde.
Las tristezas siempre estuvieron agazapadas tras los “Comunicados de las Fuerzas Conjuntas” que sistemáticamente recordaban nuestro amurallado destino.
Por las noches, cuando el cristal de la ventana de mi habitación dibujaba luces de colores en las cortinas y el silencio era peor que un grito, el miedo aparecía como una loza que no me dejaba mover de la cama; creíamos que siempre buscaban a alguien, más tarde entendimos que nunca fue así, pero esa… esa es otra historia.
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