Ahí está… me parece verle todavía. La penumbra de la cocina a las seis de la mañana, la vieja silla de quebracho que reconstruía cada diciembre –pesada y grotesca-, el fogón ardiendo a dos metros y el crepitar de la madera seca y mimada que cada día acercaba desde el galponcito del fondo.
Ahí está… mi abuelo.
Repetía cada día el mismo ritual: el agua que calentaba junto a las brasas más vivas, la palangana que acercaba a la banqueta, el espejo pequeño y su navaja de afeitar… la barra de “bulldog” y la brocha que removía lento, el olor a glicerina y el coronilla que se consumía despacio. Así le encontraba cada mañana y así, con un beso en su rostro duro, sellaba el comienzo de mis días de vacaciones. Me sentaba frente a él sin saber muy bien por qué –nunca habló mucho-.
Yo no entendía su mirada expresiva ni sus silencios repetidos, pero cada día lo observaba durante mucho tiempo y a la misma hora, y sin decir palabra, desfilaban ante mí los pasajes más intensos de su vida larga.
Don Peña simplemente… sonreía.
Con él aprendí de a poco los secretos de la tierra, el poder que podían tener mis manos en el arado, la paciencia del que espera siempre o el arte de saber ensillar un “amargo”.
Fue con él que comencé a darme cuenta de tantas cosas que ignoraba hasta llegar a ese amanecer sereno y abrigado junto al fuego.
Usaba “bombacha ancha” de tejido impermeable que le protegía de la intemperie y un poncho gris, oscurecido de tiempo. Curaba el “empacho” con una faja muy larga que siempre usó bajo el cinto de cuero tapizado de monedas, que a mí me parecían mágicas. La rastra enorme le daba el aspecto de gladiador de otro tiempo y otro lugar.
Para los males de espalda también sabía “tirar el cuero” y sanar la “paletilla caída”.Siempre llevó un facón cruzado a la espalda, a la altura de la cintura, y la vaina con detalles plateados resplandecía bajo el sol. Un pañuelo negro enganchado al cuello con un nudo y la boina. Sus alpargatas viejas y desflecadas caminaban los mismos senderos, pero yo descubría otros pasos cada día.
Aprendió a hablar fuerte, conociendo la suavidad de muchas cosas y reviraba las mentiras en la querencia de cada surco por labrar.
No conoció la escuela y tuvo que cobijarse de las promesas incumplidas de blancos y colorados volviendo al campo cada día; a las vacas, a las lluvias y los “pamperos”; a las heladas que calaban hasta los huesos en invierno y a las abrasadoras jornadas sin horario en los veranos más bochornosos.
Algún “medio y medio” o alguna caña con pitanga le servían de alivio y le arrancaban de raíz aquél sentirse un poco engañado. La tierra era su vida… y riqueza de otros.
El hambre… totalmente suya, que conoció hasta los últimos recodos.
Sus cuatro hijos a la vida y… “barranca abajo” a ganarse –literalmente- un poco de pan, compartiendo amaneceres de pies desnudos donde la pobreza se colaba sin permiso y noches rítmicas de grillos, bichitos de luz, cansancios añejos y mantas gastadas.
La tiranía de tantas urgencias silenciosas les privó siempre del beso comprensivo. Y así crecían: Teodoro y Ricardo, Enriqueta e Irenita. Y así crecieron, huérfanos de caricias y esperando futuros improbables.
Los terrones crujían dóciles en el camino cuando me dejó llevar –con mis propias manos!- el “charré”; las riendas curtidas, el olor de la tierra húmeda cuando la cerrazón se iba escapando del sol de las nueve, el teruteru y el apereá que se escabulló con miedo a mi derecha marcaron un espacio en algún lugar de mi ser.
El primer nido de hornero que me enseñaste a entender, a sentir y a querer, aquél domingo cuando volvíamos al rancho en Buschental, acariciando el cauce del traicionero río San José, germinado de nutrias, perdices y carpinchos.
El lamento monótono del benteveo, la indiferente presencia del cardenal o la graciosa soberbia del churrinche.
La pesca del primer pejerrey o cuando pusiste en mis manos chiquitas aquél bagre de púas afiladas, que casi pierdo entre talas y sauces, ceibos y sarandíes.
En esos años no podía entenderte abuelo, pero grabé cada gesto, cada palabra para que el tiempo supiera devolvérmelo y descifrar tus cosas cuando fuera creciendo y me convirtiera –sin previo aviso- en un hombre.
Intuí entonces las esperanzas que nos vendían en cuotas y la vida, como el sabor amargo del primer mate que me enseñaste a tomar.
Hoy vienen a mi memoria tus vecinos de siempre: Antolín, con los piques del aserradero para hacer alambradas; Paisine, con su balde de acero inoxidable lleno de uvas frescas en las tardes de chicharra; el Tubiano que tanto cuidabas para recorrer el monte; tu perro Milord que te acompañó cada día de trabajo y cada noche de boliche y truco.
Un día te fuiste solo, a vivir a Libertad; fue la única vez que vi cercas en tu horizonte. “Me marcho, he venido a despedirme”- decías a cada uno de tus amigos. Aún recuerdo los abrazos. Y comenzaste el viaje más largo.
No pude heredar tu mirada sincera, ni tu sencillez abierta, ni la fuerza de tus manos huesudas, ni la dureza de tus pasos vinosos; pero me parece verte todavía, intentando cambiar algo sin saber cómo lograrlo.
Querido abuelo mío, seguimos sin conseguirlo. Y aunque sé que nunca lo creíste, llegaron a la luna, viven en el espacio y realizan correcciones genéticas pero… a pesar de esto, todo aquí sigue igual: nos siguen cambiando oro por baratijas.
Y ahora, aunque son otros los vendedores de sueños, siempre regreso a tu mirada y siempre regreso a tus manos porque, aunque ya no estén, siguen siendo parte de todo aquello en lo que más creo…abuelo.
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