Hace algunos días hemos tenido ocasión de conocer un valioso documento periodístico fraguado desde la decisión de mostrar parte de la realidad de Afganistán. El periodista David Beriain reflejó con una dosis importante de realismo y gran rigor una de las caras de este conflicto en el que España participa como parte de las Fuerzas de la OTAN en la región.
La complejidad de este marco lleva al Gobierno español a zigzaguear entre la inoperancia y la mediocridad ya que no puede reconocer el conflicto como una guerra; dado que nuestros soldados son, según la ministra, instrumentos de apoyo a la reconstrucción del territorio afgano.
Cada día se recrudece la violencia, los ataques con coche bomba… los suicidas; y a medida que esto ocurre, también se pretende –a fuerza de repetir mentiras- convencer a la opinión pública española de que nuestro país no fue a luchar. Y, precisamente, los soldados españoles son presa fácil por este motivo y por el hecho de que desarrollan sus tareas de protección y apoyo en completa, en total exposición con el agravante de no tener admitida ni reconocida su presencia como fuerza de ocupación.
En plena ciudad de Herat, la Brilat se siente amparada por permanecer en el núcleo poblacional más importante del oeste del país.
Mientras los meses pasan, y las fuerzas talibanes se pertrechan de armas y de simpatías, siguen muriendo soldados, esta vez fueron italianos, pero todos están jugándose la vida en la ruleta de este juego hipócrita que el Gobierno español intenta camuflar con palabras adecuadas y no siempre oportunas.
Resulta que los ataques talibanes son –según la ministra Chacón- provocados por “delincuentes comunes”.
¿Cuántos deberán morir para acabar con esta hipocresía?
Mientras Estados Unidos anuncia al mundo que está a punto de perder la “guerra” si no se aumentan los contingentes en el territorio, España dice estar orgullosa de su trabajo como “fuerza de paz”.
La doctrina de lo fácil, de lo efímero y de lo eventual se confunde con la realidad que los soldados se ven impedidos de contar abiertamente.
Ya no sólo es un tema de ambigüedad en las definiciones del conflicto; es, antes que eso, la mentira política llevada a su máxima expresión, pero a coste y riesgo de vidas humanas, de muy jóvenes vidas humanas.
Si como manifestó el coronel Emilio Saravia –Jefe de la misión en Qala- i –Now: “combatir ofensivamente no es nuestro trabajo”, ¿qué hacemos allí protegiendo pasos, fronteras, carreteras o incursiones americanas en diferentes aldeas donde, dicen, hay enemigos?
Los muertos civiles, los niños, las mujeres, los campesinos, son sólo daños colaterales.
Por supuesto que los talibanes prefieren a los españoles como objetivo y no a otros contingentes: “militarmente no son activos”, dicen.
Deberíamos detenernos a pensar qué razones pueden provocar tanta insensatez, qué fuerza inexplicable provoca que un joven pobre, de una aldea pobre, en un país pobre, decida formar parte de la amalgama de odio en un país intervenido desde antes que naciera.
¿Podemos realmente comprender el por qué murieron nuestros jóvenes en Afganistán?
¿Podemos encontrar una razón que justifique y tranquilice las conciencias de nuestros gobernantes?
Hasta las tristes medallas que les otorgan son motivo de decepción y vergüenza. El Gobierno español no puede reconocer los heridos, ni los muertos, con el status de víctimas de guerra; ni el color de las medallas, ni en la retribución económica a sus familiares. Aún hoy esperan se les reconozca una paga y les relegan al rincón apartado de la foto, para no asumir responsabilidades.
Ocin Malide también es joven, soldado español en Herat, pertenece a esas fuerzas de ocupación y aunque es de los nuestros y aunque no comprenda el porqué, sus mandos controlan las entrevistas; sabe que está en el ejército por vocación, cree en lo que hace y por ello se siente decepcionado con su país.
Dice no poder apoyar militarmente ninguna acción bélica, deben huir si son atacados y siente que está participando de una mentira que consigue minar la ilusión y la credibilidad que tenía cuando se incorporó en el ejército.
La doctrina obliga a mentir y la misma mentira será, al fin, la que condene a nuestros gobernantes; tarde o temprano, con más o menos muertos, se deberá aceptar que en una guerra no existen limbos de neutralidad cuando hay presencia y permanencia; se incide en la historia de los pueblos desde un lado o desde el otro; a favor o en contra, y nadie con un mínimo de sentido común aceptará jamás esta actuación obscena e inmoral que, muy lejos de darnos prestigio internacional, nos relega a la condición de monigotes de paso, donde otros escribirán su propia historia.