“Sólo los soñadores pueden enseñarnos a volar” (Anne Marie Pierce).
Siguiendo una acepción en el Diccionario de la Real Academia Española, la ilusión es la esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. No se puede vivir sin ilusión. Cuando dejamos de creer en un amor, lo perdemos; cuando nos abandona el entusiasmo en el trabajo, lo cambiamos –o nos despiden-. Cuando un semejante nos decepciona, intentamos olvidarlo.
Cuando ya no podíamos esperar nada en mi país, y la ilusión se derramaba por los días, me subí a un avión y lo abandoné –no sin antes luchar por un cambio posible- porque lo queríamos y porque sufríamos con él.
No podemos vivir sin ilusión. Es el motor que genera, que crea, que imagina cada posible futuro. Sin ella, el puzzle de nuestra vida no se puede cerrar; sin ella, nuestros ojos no miran, las piernas no caminan, las manos no tocan y el corazón se adormece peligrosamente hasta que apenas lo sentimos; y pasamos ingrávidamente por la vida y quizás, si nos tomásemos el pulso, estaríamos muertos.
Cuando se produjo el fenómeno migratorio en Europa, y especialmente en España, las instituciones clasificaron prolijamente los diversos tipos de desplazamientos en función de las causas que la generaron; así fue que tomó cuerpo la figura del exiliado, del refugiado; de los perseguidos políticos, de los fugados en éxodos de innumerables barbaries sangrientas o, simplemente, seres humanos derrotados por el hambre, cruzando estrechos sin demasiadas esperanzas. Pero están también los exiliados de la ilusión, y éstos, no sólo responden a un determinado contexto geográfico o social, sino que representan un rasgo definido tanto en espacios comunes de oportunidades como en sitios donde la pobreza se enquistó para siempre.
En una Europa sumida en una de las peores crisis económicas conocidas y con una recesión global inédita e inaudita, sin ilusión perderíamos una parte vital de nuestra identidad. Porque las sociedades no se cambian exclusivamente en base a avances económicos –aunque sí pueden ser determinantes-; las verdaderas y definitivas transformaciones son posibles cuando quienes las promueven modifican estructuralmente las pautas de comportamiento, y estas pautas son siempre manifestación directa de las personas.
Nuestra identidad se gestó en épocas de crisis, nacimos y crecimos en medio de la crisis y hemos sobrevivido en este fango de adversidades apelando día a día a la creatividad, a la solidaridad y al compromiso con un futuro digno como principal objetivo de nuestros esfuerzos. La identidad es pues, “el sentido que cada persona tiene de su lugar en el mundo y el significado que asigna a los demás dentro del contexto más amplio de la vida humana”.
Por tanto, si la ilusión es inherente a nuestra identidad, hoy más que nunca merece ser salvada. Todos sabemos que hay otra manera de vivir. Es bien cierto que hemos caído en la trampa del consumismo; sus tentáculos nos envolvieron, nos desgarraron de a poco y nos dejaron desnudos, vacíos y tristes, pero nos queda un consuelo: nunca hemos pertenecido a este mundo de mercaderes, de marcas, de tiempos provisionales, efímeros; de tiempos de usar y tirar, de lo nuevo, de lo último, de la tiranía de la moda. Muy por el contrario, fuimos y estamos hechos de remiendos, de dignos remiendos reutilizables que atemperaron nuestro carácter y enriquecieron de diversidad y amplitud nuestra manera de mirar el mundo. Esta digna amalgama que modeló nuestra identidad es, al fin, la que aportará otro camino en este tiempo gris y nos hará recordar el lugar exacto desde el que hemos partido un día. Como dice Gabo: "Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre, una segunda oportunidad sobre la Tierra”.
En esta España de recesión aquí y ahora, es tiempo de ejercitar aquell bagaje que nos permitió la solidaridad y la supervivencia en otras tierras, cuando los poderes nos hacían cada día más pobres, y la lucha, cada día más conscientes y más fuertes.