El trazado de la vida no siempre tiene fechas. Nuestro primer recuerdo imborrable, la primera magulladura contra el asfalto que peló nuestras rodillas; el primer abrazo espontáneo, consciente y generoso; la primera conquista personal –sea cual fuere- invisible para el resto del mundo; el dolor de una primera decepción, cuando los estímulos propios y las lecciones del colegio no encajaron con la realidad que nos esperaba fuera, y nos sentimos engañados y presagiamos la soledad por primera vez.
Cuando quisimos darnos cuenta, la niñez se nos había esfumado detrás de unos cuantos juegos y nos aguardaba acechante una juventud volátil e insaciable; transitoria, vertiginosa y posiblemente desmedida, razonablemente desmesurada.
Pero, evidentemente, estábamos en tiempos de vivir, de no acotar los momentos, de no cercenar ningún proyecto y, en cualquier caso, de aferrarnos con uñas y dientes a todos los caminos posibles, sin dejar ninguna puerta cerrada a nuestro paso.
¿Qué fatídico designio permitió que durara tan poco?
¿Cuál fue la hora, cuál el momento en que abandonamos para siempre aquél reino del “tal vez” o del “quisiera”?
¿Cuándo pisamos con ingenuidad y desamparo las baldosas marcadas que nos llevaron a otras tierras, a otras certezas desconocidas y a tantas garantías que no pedimos?
El poder del dinero y el dinero del poder quedaron amputados sin el dios tiempo.
Es él quien marca a fuego el patético y breve ciclo de la existencia, el único dios, la señera unidad de medida, el genuino temporizador de nuestras derrotas y conquistas, de nuestras lágrimas y de nuestras sonrisas, de nuestros días conscientes y de nuestros sueños anestesiados en la antesala del mañana, esperando dar a luz, aguardando ser vividos algún día.
Tiempo es lo único insustituible para transitar la felicidad o el dolor, para la dicha o la desdicha –para todo lo demás, como ya sabemos, las tarjetas de crédito-.
Tiempo para desear, para ofrecer; tiempo para librar batallas y ganarlas… Y también para perderlas.
Tiempo para darnos una segunda oportunidad, y una tercera y una cuarta y cuantas nos hagan falta.
Tiempo para perdonar y perdonarnos y tiempo para amar y también para odiar todo cuánto merece ser odiado. Sin él, nada tiene cabida ni sentido; ni espacio ni lugar; sin él, nada es posible.
Tiempo para perder en delicada ceremonia, cuando los cristales de la ventana se desangran con la lluvia de otoño.
Tiempo para identificar nuestras personales frustraciones, cuando una tarde de febrero nos ahoga en el silencio de una habitación vacía. Para reconocernos vulnerables y precarios, falibles y miserables.
Tiempo para desear y poseer, para resarcirnos e intentar ser mejores.
Tiempo para proteger a nuestros hijos o para decir: te quiero papá… te quiero mamá, hermano… amigo.
Ojalá el acopio incesante de fracasos estableciera una garantía, una llave maestra hacia la superación; porque entonces seríamos invulnerables y perfectos; porque entonces seríamos redimidos.
Tiempo, al fin, para vivir tantas vidas como sean precisas y responder, una a una, tantas preguntas anquilosadas en todo aquello que no supimos, en todo aquello que no pudimos.
Tiempo para no volver a tropezar con la montaña, intentando esquivar las mismas piedras conocidas.
Tiempo para emborracharnos de olvido y estacionar los días; enloquecernos de locura para no aceptar tanta realidad, tanta miseria; para poder negarnos a nosotros mismos con acertada estupidez o, quizás, para que algún encumbrado especialista nos proteja encadenándonos en algún centro de rehabilitación para no curarnos jamás; para no enfermarnos de cordura ni de sensatez; para ser, hasta el fin de los días, venturosos adictos, enajenados supervivientes anónimos o niños que sonrían de inocencia en los arenales de una playa sin final, de una estación sin prisas donde no funcionen los relojes.
Nos consumimos como un cigarrillo posado en el cenicero; inevitablemente nos quemamos de vida y nos extinguimos; y acabaremos tal vez –y con suerte- formando parte de algún recuerdo sin evocar, ocasional; difuminado e inverosímil.
Todo lo demás… es pura fantasía.